Purpurina, caracol, ojos, viento y rojo.
Las primeras luces del alba se filtraban ya entre las nubes tiñéndolas suavemente de rojo, iluminando poco a poco el escenario de una cruenta batalla librada escasas horas antes y arrancando destellos de los cientos de pequeños cristales que cubrían el terreno dando la sensación de que todo el suelo estaba cubierto por un manto de purpurina. Pero esta no era una purpurina inofensiva, esta purpurina no era otra cosa que diminutos y peligrosos cristales de sal, una arma mortífera tanto para los enemigos como para ellos mismos, al principio parecía que iban ganando pero por un capricho del Destino sus ojos vieron como se levantaba el viento elevando y elevando los montones de sal estratégicamente colocados y extendiéndolos sobre todo el campo de batalla, sin hacer distinción entre aliados y enemigos, cubriendo todo con su salado abrazo hasta dejar solo un puñado de conchas de caracol rodeadas de un brillante y rígido sudario.

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